
La queja nos deja mirando la carencia. El agradecimiento nos devuelve a la presencia.
No porque todo esté perfecto, sino porque dejamos de vivir desde la sensación de insuficiencia. Y cuando salimos de ahí, cambiamos el estado interno desde el que actuamos, elegimos y recibimos.
La abundancia no responde a la exigencia ni a la comparación. Responde a la coherencia interna. A un estado donde reconocemos lo que ya está, lo que ya sostiene, lo que ya circula.
Agradecer no es resignarse. Es dejar de pelear con la realidad. Y cuando dejamos de pelear, la energía que antes se iba en la queja queda disponible para crear, para cuidar, para abrir espacio a lo nuevo.
Tal vez la abundancia no llega porque no la merezcamos, sino porque estamos demasiado ocupados reclamando lo que falta como para ver lo que ya está queriendo crecer en nuestra vida.
Gracias, y abrazos. Nos vemos el círculo.
Julio