Animarnos a aceptar lo que la vida nos acerca, dejar de desear lo que se va, permitirnos agradecer lo que tenemos

Puedo decir que muchas veces sufrimos menos por lo que ocurre que por nuestra insistencia en que ocurra otra cosa.
Sí, me he encontrado en momentos queriendo que se quede lo que ya se está yendo, esperando que llegue lo que no termina de llegar… mirando tanto lo que falta que dejaba de ver lo que sí está allí, disponible.
Y así podemos pasar mucho tiempo viviendo en conversación con una vida imaginada, mientras la vida real ocurre delante nuestro.
Aceptar no es conformarse. Tampoco es decir que todo está bien. Significa reconocer que algo terminó o que alguien no puede darnos lo que esperábamos o que una oportunidad no llegó de la manera que queríamos. Y ya. Es lo que ocurrió, tal como ocurrió. Trago amargo. Se digiere y miramos adelante.
Cuando dejamos de pelear con eso, recuperamos atención. Y la atención es decisiva, porque allí donde la ponemos, también ponemos vida. Si la ponemos en lo que falta, la experiencia se organiza alrededor de la carencia. Si la ponemos en lo que ya terminó, seguimos viviendo hacia atrás.
¿Qué estoy dejando de ver por seguir mirando aquello que no ocurrió?, me pregunto más de una vez.
¡Ojo! Agradecer no es obligarnos a sentirnos bien, pero sí a reconocer con honestidad lo que hoy sí tenemos: una persona, una posibilidad, un cuerpo que responde. Un lugar. Un aprendizaje. Un momento de paz. Algo pequeño que, por estar pendiente de otra cosa, quizá habíamos dejado de registrar.
No siempre podemos elegir lo que llega. Pero sí podemos aprender a reconocer qué merece nuestra atención.
Y quizá allí haya una forma muy concreta de conciencia: dejar de alimentar con nuestra mirada aquello que ya no suma, y comenzar a darle lugar a lo que todavía puede crecer.
Los espero en el Círculo, si así lo sienten.
Un abrazo,
Julio