Cuando la vida nos quiere mover, lo hace de todas maneras

En nuestra imaginación, creemos que cambiar depende solamente de una decisión nuestra. Y sí, muchas veces es así. Pero hay momentos en los que algo ya empezó a moverse antes de que nosotros estemos listos.
Una relación cambia. Un trabajo pierde sentido. Una manera de vivir empieza a quedarnos chica. Algo que antes sosteníamos con naturalidad comienza a pesar.
Y entonces aparece nuestra resistencia.
Queremos conservar lo conocido porque, aunque ya no nos haga bien, sabemos cómo movernos allí. Lo nuevo no tiene todavía forma. Y eso asusta.
Por eso, el dolor no viene solamente del cambio. Viene de intentar impedirlo.
No siempre podemos saber hacia dónde nos está llevando la vida. Pero sí podemos reconocer cuando algo ya no quiere permanecer como estaba.
¿Qué estoy intentando sostener que, en realidad, ya comenzó a moverse?
Con el tiempo, fui aprendiendo a confiar y moverme aún sin saber muy bien dónde ponía el próximo paso. Sin saber muy bien en mi mente, pero sabiendo claramente que ya lo sentía. Algo dentro estaba pidiendo ir hacia algo nuevo. O, al menos, salir de allí.
No se trata de abandonar todo frente a la primera incomodidad, sino de observar cuándo una incomodidad se vuelve insistente, cuándo algo se repite, cuándo la vida empieza a cerrar puertas, a cambiar personas, a modificar escenarios.
Hay movimientos que al principio parecen pérdidas y después entendemos que eran transiciones. Y cuando dejamos de pelear con ellos, aparece algo curioso: el camino empieza a mostrar pequeñas señales. Una conversación. Una idea. Una oportunidad. Una certeza que antes no estaba.
No es que la vida haga todo por nosotros. Pero cuando realmente pide movimiento, rara vez nos deja sin dirección.
Tal vez no sepamos adónde vamos. Pero empezamos a saber, con bastante claridad, de dónde ya es tiempo de salir.
Un abrazo,
Julio