Los grandes maestros y los mayores enemigos pueden ser la misma persona

Solemos dividir a las personas entre quienes nos ayudan y quienes nos perjudican. Agradecemos a los primeros y rechazamos a los segundos, como si unos hubieran llegado para enseñarnos y los otros únicamente para hacernos daño. Pero la vida no parece hacer esa diferencia.
Muchas veces son precisamente aquellas personas que más nos incomodan las que nos muestran aquello que nunca habíamos visto de nosotros mismos. Despiertan un miedo, una dependencia, una necesidad de aprobación, un orgullo o una herida que permanecía oculta mientras todo estaba en calma. No porque hayan venido a enseñarnos, sino porque la relación pone en evidencia un aspecto de nuestra conciencia que necesitaba ser visto.
Eso no convierte al daño en algo bueno ni significa que debamos permanecer donde no hay respeto. Significa, simplemente, que la conciencia puede transformar incluso un encuentro difícil en una oportunidad para despertar. Quizá por eso los grandes maestros y los mayores enemigos puedan ser la misma persona. No por lo que hacen con nosotros, sino por lo que nos permiten descubrir acerca de nosotros mismos. Y, cuando esa comprensión aparece, el enemigo deja de ocupar el centro de la historia. El verdadero aprendizaje comienza dentro de nosotros.
Tal vez no elegimos a nuestros maestros. La vida los pone delante de nosotros. Algunas veces llegan para abrazarnos. Otras, para confrontarnos. Pero ambos vienen a despertar la misma conciencia.
Los espero en el Círculo, siempre.
Un abrazo,
Julio