Hay un momento en que miramos hacia atrás y podemos agradecerle a la adversidad

He aprendido a agradecer a la adversidad. No, no porque me guste, sino porque aprendí a comprenderla. Nada de lo vivido fue inútil. Todo pudo sumar.
Mientras atravesamos una dificultad, casi nunca podemos verla así. Estamos ocupados intentando salir, entender, reparar o simplemente soportar. Y está bien. No necesitamos convertir el dolor en una enseñanza mientras todavía duele.
Pero el tiempo, las experiencias (y las canas…) cambian la mirada.
En algún momento, una pérdida me permitió descubrir una fuerza que no imaginaba que estaba en mí. No hace mucho, un fracaso (si lo mido por lo que sucedió), corrigió la dirección de un proyecto. Hay decepciones que me mostraron con claridad algo que no podía ver, o que no quería, eso lo vi también. En definitiva, las etapas difíciles fueron purgando las versiones de mí que quedaban atrapadas en “lo que soy”.
También es cierto que la adversidad no siempre trae un regalo tan obvio, pero nosotros podemos decidir qué hacer con lo que dejó.
Ahí aparece una forma diferente de gratitud. No agradecer el dolor, sino reconocer quiénes somos después de haberlo atravesado.
¿Qué tengo hoy que quizá no habría desarrollado de la misma manera si aquello no hubiera ocurrido?
Tal vez más claridad. Más criterio. Más coraje. Menos ingenuidad. Más compasión. Una capacidad nueva para elegir.
Y entonces algo cambia: dejamos de mirar el pasado solamente por lo que nos quitó y empezamos también a reconocer lo que despertó.
No todo fue bueno. Pero todo puede encontrar un buen lugar.
Y cuando lo encuentra, incluso aquello que nos dolió deja de pesar de la misma manera.
La seguimos en el Círculo.
Un abrazo,
Julio