Si me incluyo, tengo poder de generar el cambio que necesito.

Cuando una relación nos duele, casi siempre empezamos mirando al otro. Lo que nos dijo, lo que hizo, lo que dejó de hacer… Y, por supuesto, eso importa. Pero allí, la única solución es que el otro cambie. Y, además de rozar el egoísmo (de que el otro sea según mis expectativas), sabemos que no puede ocurrir de esa manera.
Cuando me sucede, hay una pregunta que ayuda a transformar completamente la situación: ¿Qué despierta esta persona en mí?
No todo está en el otro. También hay algo en nosotros participando de ese encuentro.
No para sentirnos culpables. Sino para descubrir dónde todavía somos vulnerables, qué expectativa llevábamos, qué miedo apareció o qué vieja herida volvió a sentirse viva.
Cuando dejamos de preguntarnos únicamente “¿qué me hizo?” y empezamos a preguntarnos “¿qué me pasó cuando ocurrió?”, recuperamos algo muy valioso: la posibilidad de transformarnos.
Mientras todo el problema esté en el otro, dependemos de que el otro cambie. Pero cuando descubrimos nuestra parte, aparece un espacio de libertad. No porque el otro tenga razón, ni porque debamos justificar lo que hizo. Sino porque entendemos que nadie puede hacerse cargo de aquello que sólo nosotros podemos comprender.
Cada relación, incluso las más difíciles, termina mostrándonos algo de nosotros mismos. A veces nos muestra nuestra paciencia, otras veces nuestro miedo, la necesidad de ser reconocidos, el deseo de controlar, nuestra dificultad para poner límites.
El otro no siempre crea todo eso. Muchas veces simplemente lo revela.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de mirar una relación. Dejar de preguntarnos solamente quién tiene la razón y empezar a descubrir quién estamos siendo cuando estamos frente al otro.
Del ‘¿qué te pasa?’, al ‘¿qué me pasa?’.
La seguimos en el Círculo.
Un abrazo,
Julio