¿Condenar o aceptar?

Cuando alguien nos hiere, solemos creer que sólo existen dos posibilidades: O aceptamos lo ocurrido y parecemos débiles, o condenamos a quien nos lastimó para demostrar que tenemos razón.
Pero esas no son las únicas opciones. Porque aceptar no significa estar de acuerdo. No implica justificar una mentira, un abuso, una traición o una falta de respeto. Tampoco permanecer donde nos hacen daño. Hay situaciones que necesitan límites y otras distancia. Algunas incluso requieren una decisión firme para protegernos.
Todo eso puede ser profundamente consciente. Lo que no siempre ayuda es la condena.
La condena parece darnos fuerza, pero muchas veces nos deja atados a aquello mismo de lo que queremos liberarnos. Seguimos discutiendo con la persona en nuestra mente, repasando lo ocurrido una y otra vez, esperando que el pasado cambie o que el otro comprenda lo que hizo. Y mientras eso no sucede, nuestra paz queda en sus manos.
La aceptación nace en otro lugar. Es el momento en que dejamos de discutir con la realidad y reconocemos, aunque nos duela: esto ocurrió. No porque esté bien o haya sido lo justo. Simplemente porque ya es un hecho. Y sólo cuando dejamos de negar los hechos podemos responder con claridad.
Aceptar es mirar de frente. Condenar es seguir peleando con aquello que ya pasó.
Aceptar nos permite decidir. ¿Me quedo o me voy? ¿Pongo un límite? ¿Reconstruyo la confianza? ¿Termino este vínculo?
Todas esas decisiones pueden surgir desde la aceptación.
La condena, en cambio, suele mantenernos atrapados en una batalla que nunca termina.
La verdadera aceptación no está en decir: “Está bien.” Sino en decir: “Veo con claridad lo que ocurrió y no voy a seguir negándolo. Ahora puedo decidir cómo quiero vivir a partir de aquí.”
Porque la aceptación no cambia el pasado, pero cambia profundamente la relación que tenemos con él. Y, muchas veces, allí comienza la paz.
Seguimos la conversación en el Círculo. Los espero.
Julio