De todos los límites, puede que seamos el primero

Pasamos gran parte de la vida creyendo que lo que nos detiene está afuera. Las circunstancias, la economía, la edad, las oportunidades, las personas. Todo parece tener el poder de impedirnos vivir la vida que imaginamos.
Y, sin embargo, pocas veces nos preguntamos si el primer límite no está mucho más cerca.
Quizá no sea el mundo el que nos impide avanzar. Quizá sea la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Vivimos dentro de definiciones que hace mucho tiempo dejamos de revisar. “Yo soy así.” “Esto no es para mí.” “Nunca pude.” “No tengo esa capacidad.” Y, sin darnos cuenta, esas frases dejan de ser opiniones para convertirse en fronteras.
Lo más curioso es que la mayoría de esos límites no nacieron de una observación. Nacieron de una experiencia, de una herida, de un fracaso o de la opinión de alguien que terminamos creyendo. Y desde entonces vivimos intentando confirmar esa historia.
La verdadera libertad no comienza cuando desaparecen los obstáculos, sino cuando dejamos de dar por ciertas todas las conclusiones que hemos sacado sobre nosotros.
Porque una cosa es tener un límite real y otra muy distinta es vivir desde un límite imaginado.
Cada vez que decimos “no puedo”, tal vez valga la pena detenernos un instante y preguntarnos: ¿es un hecho… o es una idea que llevo demasiado tiempo sin cuestionar?
No todo límite desaparecerá. Algunos forman parte de la vida. Pero otros sólo existen porque nunca nos atrevimos a mirarlos de frente. Y quizá la transformación no ocurra cuando luchamos contra ellos, sino cuando nos damos cuenta que la puerta nunca estuvo cerrada.
Éramos nosotros quienes seguíamos convencidos de que había un muro.
Revisar y cuestionarnos, eso hacemos en cada conversación en nuestro Círculo. Allí nos vemos.
Julio